Transmitir el conocimiento

Está claro que no todo el conocimiento está en los libros o se tiene por haber ido a la universidad. Existe un viejo tópico de la retórica escolástica según el cual cada generación alcanza progresos que se asientan sobre los anteriormente logrados. Ahí reside también la importancia de las personas que se cruzan en nuestro camino y nos sirven de faro y que además, incluso encauzan el rumbo de nuestra vida. Cualidades como la admiración, el respeto, la empatía y la humildad desempeñan un papel fundamental entre tutor y tutelado.

Las enseñanzas del veterano deben constituir el soporte fundamental del aprendizaje del novato. Pero en los últimos años el marco de transmisión del conocimiento se ha transformado de arriba abajo. El nuevo entorno digital nos lleva, cada vez más, a una educación autosuficiente, colaborativa, transversal y a distancia. En este marco, la figura del tutor se diluye. Creo que no hay dispositivo electrónico capaz de generar la inspiración que surge en el contacto entre personas, pues la intuición, el entusiasmo y la sensibilidad son teclas que a menudo se activan cuando interactuamos personalmente. Aunque la figura del tutor está en auge en algunos entornos de trabajo, no es la tónica general. El mercado es competitivo y precario. Hay una lucha permanente por hacerse un hueco. Con este panorama, es muy difícil que surjan de manera natural relaciones entre veteranos y recién llegados. Por otro lado, la creciente robotización de los procesos de producción y las plataformas digitales han puesto en jaque algunos empleos tradicionales. También asistimos al aumento de una brecha cada vez más insalvable entre generaciones, que se suma a la crisis de autoridad, y a la disparidad de derechos entre trabajadores veteranos (aún con buenas condiciones laborales) frente a los que consiguen su primer empleo.

Otro obstáculo es la temporalidad, sobre todo en España, con una tasa de desempleo juvenil insoportable y un porcentaje bastante alto de sobrecualificación. Con estas condiciones, queda poco tiempo y escasa voluntad para la lenta labor que requiere una tutoría. No invertimos lo necesario en el desarrollo profesional del recién llegado. En lugar de ello, se opta por explotar su vocación a sabiendas de que otro lo puede sustituir en cualquier momento. Así es muy difícil mantener la ilusión y el optimismo en cualquier empresa u organización. Si no se transmiten los consejos y la visión del veterano, todo este valor añadido caerá en el olvido, cuando el tutor desea y está dispuesto a compartirla con quien emprende una carrera similar. No impone su visión, sino que prefiere formar un dúo creativo: el primero anima al siguiente a interpretar los retos desde otra óptica y a no ceñirse a lo establecido.

El verdadero maestro no busca que lo imiten: aporta al alumno seguridad, confianza y claves para su perfeccionamiento. Por todo esto, es preferible que la tutoría surja espontáneamente. Debería ser un vínculo duradero capaz de construir habilidades estratégicas a largo plazo. Si se produce el relevo sin pasar el testigo, estamos condenados  a repetir indefinidamente el mismo proceso desde el principio, con el peligro además de volver a caer en los errores de siempre. La figura del tutor es una herramienta capaz de tender puentes entre generaciones y de fortalecer el espíritu de equipo. Aunque ahora exista una gran facilidad para acceder a montañas de información y contemos con la mejor tecnología, lo esencial de cualquier trabajo sigue siendo la capacidad de identificar lo relevante, interpretarlo y saber comunicarlo. ¿Qué mejor ayuda que alguien que haya pasado antes por esa situación?

Nosotros, en SaberyGanar Consultores, creemos que una formación de calidad junto con una adecuada transmisión del conocimiento son los dos pilares básicos de un perfecto desarrollo profesional de aquellos que se incorporan a nuestro mercado laboral. Y no es una cuestión cualquiera.

Deja un comentario